Maitines

Pasear por la mañana, furtivamente, cuando por Renedo no ha salido aún el sol.
Las calles están de baja, menos una o dos, que montan guardia para los que gustan de madrugar.
Es domingo, hasta las doce o la una no despertará Valladolid.

Vas a la caza del último sol de enero, que se esconde entre gris de domingo; esperando arriba, más allá del canal de los almirantes.
Los periódicos aprovechan para engordar y darse un atracón a suplementos, es domingo.
Las calles, también las plazas, cogen fuerzas para el lunes, replegadas sobre los adoquines, con fuentes en secano entre tierras de grano y alfalfa.

Hay poca gente por las calles, calles que no hay, aparecen en nuestro camino gracias al imaginario, alguna vez, martes o miércoles, hemos pasado por allí.
Aprovechas para alcahuetear por las casas, aún sin vestir.
Domingo de invierno, que este año está raro, disfrazado a veces de abril.
Ejercicios espirituales de tapadillo, con la necesaria soledad de las primeras horas de los páramos.

Agua en femenino


Ciudad, sí, de buenas mozas y buenos mozos.
Y por un lado, sin hacer casi ruido, se cuela por las huertas de Renedo.
El invierno sigue su curso, ¡no hay otra, amigo!, la espadaña cede a los vientos que se cuelan por el valle, los campos a un lado y a otro, presentan colores de la colección de este año.
Campos desnudos, a la espera del santoral, que al final es el que propone, envía y manda.
Los cerros aparecen como atalayas en el Valle de la Esgueva, sin saber que vigilar.
Pocos soles le quedan a este enero, uno de ellos marcha ya por el Duero hasta mañana.
No hay nada por lo que alertarse, salvo por la ventolera que se ha levantado en la ribera, todo está tranquilo por el este, los carrizos rebeldes, el cielo quebrado a las cinco y cuarenta.

El tiempo pasa, es mandamiento divino.
Madeja de aguas, que vienen de Silos, nada más y nada menos.
Aguas divinas que pasan de puntillas hacia el Pisuerga y de ahí al otro, que ese sí que da guerra últimamente.
Recuerdas las primeras veces que recorristes estos senderos cuando iban a ninguna parte, te rodearon las tinieblas a ti y a Losada, os merendó la tarde aquel jueves de diciembre y no al revés, vaya si tocó correr, más de lo planeado, no estaban invitados ciertos seres y leyendas, ni de lejos.

Pero ella sigue pasando, de puntillas, sin hacer ruido, esperando que Valladolid la haga hija predilecta de la ciudad y de su historia.

Así nos querrá también el altísimo

Mal asunto lo de ir a misa en los tiempos que corren, los curas, los curas gordos más bien, no dicen más que majaderías, aunque si conocemos templo en el que oficie cura obrero, a ese si que podemos ir, que nos contará cosas cercanas a la realidad, y llevará camisa de cuadros y botas.
Y puestos a encontrar caminos, pedregosos o no, que nos lleven al cielo por si las moscas, sin tener que pisar la iglesia, excepto para ver retablos y escapularios de los Santos Juanes, hagamos ejercicios espirituales en la calle.

La calle, la nuestras, la que vemos por la ventana, regalan gozo al alma y pulso firme a espíritus taquicárdicos.
Pasear por el barrio, con el aire cebado de vez en cuando por la papelera, oliendo las esquinas aunque tengan meados de chuchos, pero los nuestros al fin y al cabo.

Ir a por un kilo de tomates a los ultramarinos de la esquina, y dejar correr el turno para oler a la vez los encurtidos y las medias de señora mayor, que están a buen precio, por cierto.

En el Pisuerga, barrios barrios, hay; otra cosa es bajar al centro, que no es barrio ni es nada, y no puede uno redimir sus pecados, y luego están los de la Victoria, un día de estos se levantarán con la tontería y tirarán de muro y de río para independizarse.
Peinarse y disfrazarse es cosa obligada para ir más allá de la Catedral, pero allí no dan café, no saben hacerlo, ni te dejan leer el periódico, así es complicado ser pío.
Nos quedaremos en el barrio, que aunque no huela a colonia, es nuestro




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Dos soles y un lazo rosa



Dos días seguidos, con un poco de trampa, todo hay que decirlo, ganando al sol.
Arriba, arriba, deprisa, deprisa, hacia dónde nacen los Torozos.
Es como el noveno de hace días, pero aquí hace frío y estoy solo, relativamente.
Sin gafas, pero conseguí ver la ventana verde del nueve A.

Y allí, a esas horas, cuando no han pasado los señores colchoneros, está ella cumpliendo años mientras duerme.
Pronto darán las nueve, el sol no ha salido, me anoto dos puntos en la casilla.

La lucha sigue, tenía ganas de ver esta situación, y me encuentro al sol, tallado en piedra, echando agua por un caño.
Ella no sabe que hago estas cosas para mirar azoteas.

A esas horas, luceros del alba pastando, están los tejados de verdad.
Las primeras luces de las casas te dan los buenos días.
Te imaginas lo que hay detrás de cada bombilla.

Ella, mientras tanto, ya con veintitrés patitos, duerme.
Me bajo corriendo a casa, que aún me quedan unos cuántos kilómetros y charcos.

No vaya a ser que se despierte y la dé por asomarse a la ventana del noveno, y me pille.

La otra buena moza




Parece de mentira.


Una broma de la primavera.

Tan verde que asusta.

Tan verde que parece de fuera.

Pero no, es de aquí, bueno de allí, de aquí cuando estoy allí y de allí cuando estoy aquí.

A veces la meseta tiene estas cosas, que cuando nadie la ve, se pone guapa, normalmente es vergonzosa.

Ah, pero ese día la pillaron pintada de verde.

Ya no se ruboriza, menos en verano, que casi no sale de casa, confiando, como siempre, en el amarillo como amuleto.

Qué suerte tienen los páramos que la ven desde arriba, te imaginas convertido en cerro, por ahí, en los Torozos, dibujando parameras.



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Primavera, entre Simancas y Cigüñela.
Fotografía: Chema Concellón

Lo pide Millás - Los bolsillos de la chaqueta de mi padre

Sigilosos, de madrugada, con los primeros ronquidos de mi padre, comenzamos la operación.
Dejamos las zapatillas al lado de la cama, no era conveniente levantar la más mínima sospecha.
El jugoso botín, hizo que nos movierámos con torpeza por los nervios, tenía que salir todo perfecto.
Primero, atacar el bolso de mi madre, que después de una tarde de compras siempre salta algún euro.
Después, los bolsillos de la chaqueta de pana de mi padre, que había venido de cena, seguro que con sorpresa.
Un gracioso llamo al timbre.
Todos nuestros planes se fueron a la cama...

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La Ventana de Millás

Y en tu ventana



Sentada en el sofá, lo llamaba para que vieran juntos la televisión.
Pero él estaba a otra cosa, ocupado en uno de sus pasatiempos.
Iban a dar ya las siete de la tarde del sábado, el sol empezaba a esconderse por dónde se pierde el Pisuerga.
Ella, un poco enfadada al ver que no hacía caso omiso a su llamada, empezó a enojarse.
El espectáculo que había más allá de la ventana no se lo podía perder, por lo que decidió levantarse del sofá para ver qué es lo que mantenía tan ocupado al otro.

-¿Por qué no vienes?
- Mira...

Era uno de los primeros atardeceres del mes de enero, que ese año había venido congelado.
El sol pintaba poco a poco las riberas y La Buena Moza.
Las primeras luces de las casas empezaban a asomar, serían ya las siete y cinco, aproximadamente.
A la derecha, las pequeñas lomas que crecen por Renedo y por la Esgueva, vencidas por la noche
De frente, los altos de la Fuente del Sol, trastienda de los Torozos, coloreados de un bonito color negro con trazas de naranja.
Por la izquierda, dónde se huele el Duero, las últimas horas del día.
Los coches, que te imaginas dónde pueden ir, pero sólo eso, te lo imaginas.
Igual piensas de la gente, que está a nueve pisos por debajo de tí, adivinas, por sus prisas, que tienen mucho frío.
Atardeceres en un noveno, a tantísimos metros de altura sobre la ciudad.

Contemplando juntos las azoteas que se ponen de sábado noche.


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Imagen de la colección de Diego Vicente