sábado, 17 de enero de 2009

Dos caballeros


Frente a la velocidad y la frialdad del Ave, el Talgo se convierte casi en el salón de tu casa, es un poco más lento, pero se suceden historias imposibles e inimaginables a altas velocidades.

Eran dos señores, sentados uno al lado del otro, con el pasillo cómo único y superable obstáculo.

Sentado a la derecha, y con destino Salamanca se encontraba un señor con apariencia de profesor de filosofía.
Vestía pantalón oscuro, una camisa ya añeja de color amarillo y un chaleco de "gentlemen" oscuro.
Su cabeza la presidía una boina marrón, y su poblado mostacho me recordaba a Labordeta.

Al otro lado estaba su imprevisible y futuro compañero, con destino incierto.
Mucho más grueso, con aires "Fragiles" (de Fraga), camisa blanca, tirantes negros y anchos pantalones oscuros.
El brillo de su cara delataba el cansancio y la fatiga de tantas horas de tren.

Por primera vez la conversación sobre el estado del tiempo no derivó en un diáolgo superfluo y trivial, sino que sirvió para algo más que excusa y saludo, para que estos dos caballeros compartieran su viaje y sus horas de tren.

Un hilo imaginario fabricado con nutridas palabras fue acercándoles más y más, hasta el punto de tratarse cómo si se conocieran de toda la vida.

Pasaban las horas y las estaciones, y en cada parada comentaban las bondades de la parcela de la geografía que estábamos explorando con el tren.
Yo acompañado de Delibes y del dúo Rojas-Fuster, y ellos acompañados de sus esposas, que casualmente devoraban con ansiedad la misma revista de viajes.
Pero cada una miraba su trozo de ventana.

Ellos en cambio jugaban a ser niños de la misma clase, o compañeros de carrera, y compartían vivencias que por algún momento me llegaron a hacer creer que estos dos caballeros se conocían de algo.

Mi parada se aproximaba, y por un momento desee que el tren incumpliera su compromiso de puntualidad.

La riqueza y humanidad de sus palabras me estaban dejando ensimismado.

El tren siguió hasta Salamanca.

Los dos caballeros, ya en su casa, recuerdan con agrado el largo viaje.
Sonrisa, vaso de leche y a la cama.

Y yo sigo con Delibes, de nombre Miguel.

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