LIBRE

-Santiago....cariño...despierta...despierta...-
-...um..qué...qué pasa, qué quieres...-
-El niño, está llorando mucho...mira a ver que le pasa por favor...-
-...mmm...está bien ya voy...-

Vicente tenía sólo seis años, era un niño menudo, blanquito...pero esas toses parecían cómo salidas del cuerpo de un enfermo que agoniza.
Esas toses tan malas sólo le dejaban llorar de esa manera tan angustiosa, que hizo levantar a sus padres.

-Vicente, hijo, tranquilo...ea...dónde te duele...dime...-preguntó el padre.
-Aquí...al lado del corazón..-respondió el pequeño señalándose con el dedo el pecho.
-Sube con nosotros a dormir cariño...-

Tras prepararle una cataplasma de eucalipto y darle de beber un vaso de agua para poder pasar la medicina, Vicentito subió a la cama de sus padres, no sin antes coger sus peluches y los de sus hermanos, que le acompañaban cada noche.

Los Caracci Díaz, eran un matrimonio envidiado y admirado en el barrio.
Santiago Caracci era el nieto de Germán Caracci Blenjer, un famosísimo empresario argentino.
El renombre de su abuelo le había servido a Santiago para aterrizar en España y hacer una inmensa fortuna regentando la cadena de centros comerciales más numerosa de la península y parte de Portugal.

Por su parte, Asunción Díaz era interventora en la Caja Rural del Jarama, una de las pocas mujeres del universo bancario español de la España franquista.

El feliz matrimonio tenía 4 hijos, a los que consideraban, "cómo caídos del cielo".

Vicente era el más pequeño de los 4, era un chaval encantador, estudioso, y muy alegre, pero, cómo decía su abuelo..."sos muy flojeras bebito..."
Y era verdad, Vicentin se ponia malo cada dos por tres, cuando no era una brecha en la cabeza, era un catarro en verano....pero esas toses de ahora...

Vicente tosía, tosía y tosía...con una cara de dolor que daba pánico verlo, las lágrimas caían como gotas de plomo candente desde sus ojos cada vez que le venía un espasmo, que recorrían sus pulmones hasta llegar a la garganta, cómo si un monstruo intentara salir al exterior.

-A ver tose...-ordenó el médico.
-....- Vicente calló
-Vamos tose...-
-...no...quema...-
-Entiendo...- respondió el doctor mientras anotaba en una hoja: "Ingreso en hospital".

Los padres del pequeño se sintieron aliviados al ver que los dolores de su hijo llegaban a su fin, y no tardaron ni un día en llamar al Hospital del Socorro para pedir plaza.
El del Socorro era un sanatorio avalado por sus tratamientos, y en el que además habían ingresado alguna vez a los hermanos de Vicente por distintas dolencias.
El feliz matrimonio recibia todas las semanas correspondencia sobre el estado de salud de dos hermanos de Vicentin, algo que les tranquilizaba sobremanera.

Un soleado día de abril salieron en coche hasta el Hospital del Socorro.
-...voy a ver a los tatos...ama...voy a ver a los tatos..¿si?-
-Claro cariño, y te vas a poner bueno como ellos...ya verás que bien...-le dijo su madre.
Vicentito sonreía, de oreja a oreja.

Llegaron al sanatorio a mediodía, y los padres no dilataron la despedida en exceso, las recomendaciones de turno, besos de rigor y unos poco achuchones....bastante fríos.
El lujoso auto desapareció rápidamente, con una prisa inusual.

Vicente fue recogido por una de las hermanas clarisas que regentaba el hospital.
La religiosa fue mostrándole las habitaciones, la capilla, el comedor...
El pequeño sonreía cada vez más pensando en volver a sus hermanos.

Sonreír era un atrevimiento, los llantos de pena y dolor inundaban las nueve plantas del hospital.
El espectáculo de las habitaciones y los pasillos eran dantescos, niños cómo Vicente andando cómo almas en pena, angustiados...gimiendo cómo queriendo morir.
La locura había infectado sus pequeñas mentes, estaban envenenados, llenos de ponzoña gris que les convertían en verdaderas almas en pena.

Vicente llegó a su cama, y sin detenerse, lanzó su maleta a los pies de la cama, no podía perder el tiempo ordenando la ropa...quería ver a sus tatos.
Subió corriendo las escaleras...segunda...cuarta...sexta planta, hasta que les vió desde el último piso del enorme sanatorio.

Sonreía pese al dolor que decoraba las paredes del edificio.

-...tatos....tatos...-les gritaba Vicentito desde lo alto.

El pequeño no se lo pensó ni dos veces.
Dió dos pasos hacia atrás, cerró los ojos, pensó en sus padres y se dejó devorar por el abismo.

Vicente sonreía, estaba con sus hermanos.

Era libre.























Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Brux-Dios mio como puedes poner esto!!! lokokoooo

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