sábado, 7 de febrero de 2009

El indigesto salmón

Era lo peor, pero conviviendo en manada todos los días con los que eran igual que él, disimulaba.
Luis Roig era el prototipo de joven humano odiable, chulo, engreído, soberbio y con ínfulas de emperador Romano.
Gustaba mucho de pasear por su facultad de empresariales con el suplemento de economía, el de color anarajando, bajo el brazo, cómo dando a entender que eso para él era uno más uno, dos.

Pero lo bueno de convivir con los de tu especie evitaba que tuvieses algo parecido a un remordimiento, ¿conciencia, eso qué es?.

Luis Roig estudiaba en Barcelona y de ciento en viento, cuando le picaba el bolsillo o el frigorifico entonaba el "requiestam in pacem", iba a ver a sus padres a Lleida, dónde había nacido y pacido.

La mejor manera de destacar es juntarse con los que son inferiores a ti, por eso decidió ir en tren, que es cosa de pobres, se decía varias veces.
La mente de Luis Roig estaba contaminada por una extraña bacteria, la misma que habitaba el aire de la facultad de empresariales.

Luis se presentó en la estación disfrazado de tiburón de las finanzas: zapatos naúticos, pantalón vaquero, camisa blanca y polo negro anudado en el cuello.
Era curioso ver cómo esa correción en el vestuario, chocaba con esa media melenilla alborotada y esa barba de tres días, que le daba un patético aire rebelde.
Y cómo no, bajo el brazo, cómo el que lleva un pan, su suplemento "Negocios", el de color salmón.

Ya en el tren, Luis Roig empezó su ritual.
Abrió con fuerza su periódico, y jugando con su mentón, protagonizaba un tragicómico sainete propio de una zarzuela, haciendo creer al resto de los pasajeros que él era la economía, él era el futuro...soy Luis Roig, alabadme.

Al ver que el resto de la gente no aplaudía la actuación, se levantó y aprovechó para desfilar como buen modelo de pasarela hacia la cafetería.
La cafetería del tren, situada en el quinto vagón, la atendía un empleado de la compañia, que era algo mayor.
Enseguida Luis hizo un amago de empezar el teatrillo, pero esta vez se cortó.

Las manos del anciano empleado, construían con delicada precisión y armonía lo que en breve iba a ser un simple café con leche.
Esa imagen abrasó por dentro a Luis Roig.
No sabía cómo reaccionar, y en ese momento empezó a salir de su alma algo parecido a un sentimiento.

Tenía pensado pedir un refresco, pero con su lado oscuro noqueado, prefería saciar la sed de paz que su lado bueno estaba demandando desde hace años.
Pidió otro café con leche.
Sólo pidió un café con leche esperando ver actuar las manos ancianas del camarero.

Las manos cansadas, agrietadas por los años de duro trabajo, empezaron con deliciosa armonía a componer esa pequeña obra maestra.
Primero la taza, que posó en la mesa con un suave gesto.
Después, la manivela del agua caliente, que refrescaron por un momento, los dedos ya marchitos de esas manos.
El aroma del café era el pincel con el que se pintaba esa exquisita escena.

Luis Roig no daba crédito, estaba embelesado ante esa imagen llena de tanta belleza.

- Aqui tiene su café... -

- Gra...gracias... -

Luis agradeció con la mirada tanta paz y ternura.
Miró con cierto desprecio las hojas color salmón que morían en la barra de la cafetería.
Y con meditada cadencia, disfrutó de su café con leche.







3 comentarios:

Vincho dijo...

Aplausos, desde el otro lado del océano me pongo de pie y aplaudo.....

Muy buen texto, es muy raro, soy Esteban el chico de la ilustración, entré al blog y me topé con el cuadro que pinté y lo mejor de todo es que está acompañado por unas palabras hermosas.......
Felicitaciones PJW y muchas gracias por utilizar la imagen para ilustrar dicho texto.....

Una curiosidad: ¿Como fue que llegaste al blog en el que están mis pinturas?

Felicitaciones, te saluda desde el otro lado del océano.......
Esteban Videla.

Pd: Gracias por el link........

El Capitán dijo...

Que prolífico escritor. Tienes a una musa enjaulada? Qué comen?

PJW dijo...

Confieso que no sé que responderles.

Sencillamente: ¡gracias!

Sientánse cómo en su casa