OSCA EMERITA




El centinela
Pones cuidado en procurar que tus primeros pasos en la tierra extrema, no alteren la historia allí cultivada.
Pasas por las coordenadas más agrestes de la que fue en su día Iberia.
Aún siendo de noche, puedes ver los batallones de olivos que hace siglos fueron soldados romanos.

El meyba del emperador
No eres aficionado a la época romana, pero todo lo que sea cultura y enriquecimiento lo aceptas con agrado.
El viaje a la cripta del museo de arte romano es un paseo en el que juegas con el tiempo a cada paso que das.
Mientras desciendes, intercambias con tu cicerone (“cicerona” en este caso) impresiones sobre la actualidad política.
Bromeas con la posibilidad de que entre ánforas y cenefas se encuentre Manuel Fraga.

El espejo
Te detienes en cada recuerdo de la época romana, pues no son restos.
El mármol brilla como si Cayo o Publio estuvieran dando lustre permanentemente.

La conversión del pagano
El frontis de la sala principal del museo es de una contundencia extrema.
Un rosetón con la faz del dios Júpiter preside esa reunión de última hora en la que te has topado con el senado.
Estás en silencio, pues ante el callar del dios, te parece ofensivo hasta respirar.
Temes que ese desprecio te coste la aversión de los senadores de chancla y bermuda con los que te reúnes en ese particular foro.

Casa Vesta
El teatro romano de Mérida ante ti.
Corres hasta Valladolid en busca del libro del colegio en el que lo viste por primera vez.
El calor, sin embargo, no anima al viaje presuroso.
Pero sabes lo afortunado que eres al poder estar recreando la foto de tu libro.
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