miércoles, 4 de noviembre de 2009

REY SOL



Abrió su cuaderno de notas por la página dieciseís, viendo ante él un gran reto blanco en forma de cuartilla.

- ¡Aquí puede quedar estupendo!

Antes de marchar a por su trofeo, echó la vista y las páginas hacia atrás. Ciro heredó el gusto por la caza gracias a su madre.
Esa misma tarde, justo al dar las seis y media, preparó su macuto y se echó a la calle.

- Si no me doy prisa, se me va vivito... - decía jadeando mientras miraba una y otra vez las manecillas del reloj.

Sus pasos dejaron atrás el asfalto a la media hora de salir de casa, en ese momento, la tierra y los primeros helechos del monte le abrían las puertas a su decimosexta aventura.
Poco a poco, con toda la paciencia del atardecer, el sol se iba difuminando en una increíble composición de tonos ocres y anaranjados.
El padre Duero se presentó cómo su primer gran obstáculo, las aguas de las primeras lluvias del otoño le daban una fuerza increíble dentro del remanso de paz que aparenta ser el gran río Duero.
Ciro se rasco la cabeza en busca de alguna brillante idea con la que amansar a la fiera del agua, mientras tanto, su objeto de deseo se le iba alejando a cada minuto.
Se acordó de los versos del poeta; nada más hablar de las cárdenas roquedas, el padre Duero convirtió sus rugidos en susurros de peluche.
Nó tuvo valor de mirar hacia atrás, la cara que se le quedó fue un verdadero poema.

Ya daban las siete, toda esperanza de cazar algo que mereciera la pena se esfumaban con las primeros pasos de la noche.
A lo lejos, cuatro gigantes despertaban de su descanso maldito en la roca, justo cuando el sol se despedía de esta parte de la tierra.
El imponente perfil, recortado por el morir colorado del sol, reducían a polvo las intenciones de Ciro.

- ¿Dónde crees que vas? - preguntó el más viejo de los gigantes a Ciro.

El joven aventurero intentó encontrar algo en su voz para contestarle, pero solo hallaba balbuceos.
Al ritmo que marcaba el ocaso, los gigantes volvían a su eterno sepulcro, cubiertos con la niebla del atardecer, que hacía las veces de mortaja; las luces de la ciudad, guiaban a la comitiva hacía ese inmenso cementerio tallado en la piedra.

Ciro sólo tuvo permiso para sentarse y disfrutar del espectáculo del rey sol.
Mañana volverá a cazar atardeceres.

1 comentario:

Café con Agua dijo...

Cazar atardeceres... eso debe ser una auténtica maravilla!

Enhorabuena por la colaboración en la revista, estaré pendiente...

Saludos