jueves, 15 de abril de 2010

DUERMEVELA

Martín el del primero se lo dijo cuando lo vio a las siete en el ascensor.
Lo cierto es que no llevaba buena cara, igual que desde hace trece días, ni uno más, ni uno menos, a la derecha del calendario, anotaba con una marca de lapicero, casi imperceptible, las noches que llevaba sin pegar ojo.
A base de cafés y cabezadas a deshora, conseguía mantenerse en pie.
Su aspecto en la oficina fue advertido por varios compañeros, incluso por Aquilino, que ve poco de un ojo, dice que le tiene vago por una pedrada.
La facha de Saucelle era un dolor, la barba de aquella manera, los ojos rodeados de una sombra roja, igual que si se hubiera dado de puñetazos en las cuencas, las piernas y las manos nerviosas, fruto de los quintales de café.


Uno de los Mainar lo invitó a que se tomase unos día de descanso, que le vendría bien, pero valía más producir y producir, de hecho ante tal proposición se sintió molesto.

Con el de hoy ya son catorce días sin dormir, era el único de la casa, porque tanto sus hijos, como su señora amarraban la almohada a las primeras de cambio y buenas noches hasta mañana.
Las paredes del edificio eran de papel de fumar, no había escondrijos para los secretos, el oficio de alcahueta se conseguía con estar un poco en silencio, las intimidades de los unos y de los otros fluían por los pasillos y por el ascensor.

La noche del quince se repetían los ruidos y voces que convertían a Saucelle en una marioneta de niño pobre por las mañanas, las discusiones venían del quinto derecha, se repetían noche tras noche a eso de las tres y veinte de la madrugada.
Por salud, se levantó de la cama, se calzó y anduvo escaleras arriba hasta el quinto a poner un poco de paz, en vista de que llamar otra vez a los municipales era poco fructífero.

Sin mediar palabra le asestaron dos navajazos con una siete muelles, la que le cortó la cara y la que desbastó la traquea como si fuera mantequilla.

Se paga caro eso de incordiar los que habitan en la noche.

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Imagen:
Mujer, taza y espacio negro.
Cristino de Vera, 1999 
Óleo sobre lienzo 92 x 65 cm
http://www.fundacioncristinodevera.org

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