lunes, 6 de septiembre de 2010

EL CAMPO DE LA VERDAD

Prometo volver todos los días que vuelva a Valladolid, aunque, cada vez que vuelva, volveré a morirme un poco más.

Paseos de jueves en el Campo Grande con la mujer del diván, en busca de los rincones que no aparecen en las guías, como no están, los inventamos, a nuestro gusto, forma y sabor.

Inventario de patos y patitos a finales de agosto, creemos que están todos.


Control y seguimiento de la exclusiva dieta que ha de seguir un Pavo Real, comensal muy sibarita, que hace gala de su apellido.



La imagen que ilustra este texto es una bella poesía.

Las caras de los padres, los ojos platiformes de los más pequeños, atendiendo todos a los cuentos de este marinero de secano.

Nos hacemos mayores, 
pasa el tiempo en la barca,
aunque no veremos nunca el agua...

Él sigue ahí, tu alegría es melancólica, pensabas que ya era una leyenda perenne convertida en árbol a la orilla del lago, abrazando la barca con sus ramas; y sigue ahí, deleitando con sus cuentos de lobo de mar, a niños y a mayores, mejor dicho, a niños y a niños.

El tiempo no ha venido a nuestras vidas a hacer amigos, pasa por nosotros tatuando y haciendo muescas con sus manecillas en nuestra biografía, pensando en si el segundo que acaba de pasar podíamos haberlo aprovechado en mejores empresas.

Me agarré a los remos del pasado pese a que el mar del presente invita a dejarse llevar por la marea.

Y ahí sigue él, convirtiéndose en leyenda de esta ciudad, esperando que la dama del lago lo venga a buscar para transformarlo eternamente en pez, en cisne o en árbol...quién sabe, pero siempre cerca del estanque y de La Paloma, esa barca que cuenta historias de peluches y de osos de mermelada.

Es un hombre bueno, con el que se recupera la fe en la humanidad de la humanidad.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Y del Pato chocolatina...que tiempos!