El día de las flores



Anoche su madre no bajó del todo la persiana.
Las primeras luces del sábado fueron desvelando poco a poco los colores de la habitación de Daniel; la bruma dejaba paso al azul de las paredes, habitadas por los los habitantes de los mares, gracias a unas divertidas pegatinas de vinilo.

La luz del sol destapó la inmensa caja roja de juguetes que había a los pies de la cama, un cajón dónde todos los días es fiesta, por el suelo aún quedaban los restos de la noche pasada; superheroes y plastilina, protagonistas de uno de tantos cuentos que salen de las manos del pequeño de los Mainar.

A punto de dar las diez, con un par de cariñosos cachetes en el culo, Daniel se fue desperezando y dando los buenos días al primer sábado de la primavera.

No eran ni las once menos cuarto cuando padre e hijo estaban ya en el coche rumbo a la piscina.
Daniel no es un niño miedoso; era curioso ver como en ese cuerpecito de no más de un metro de altura, cabían ya unos cuántos moratones, recuerdos de las innumerables aventuras en las que sólo los más valientes y despiertos se atreven a enrolarse, y es que, para él, subirse a la silla del escritorio de su padre en busca de no se sabe qué, se asemeja a las peligrosas expediciones al Nepal en el mundo de los adultos.

Un nuevo reto aparecía ahora cerca de las chancletas de Daniel.
Aunque ese mar no era cómo el de sus paredes, no recordaba el fondo marino con azulejos, ni que las estrellas de mar fueran de corcho.

No importaba.
La aventura estaba a unos centímetros y el premio de adoptar el superpoder de ser el hombrecillo de agua, a menos de un paso.

Aún quedaba mucha mañana para jugar en el agua.
Aprovechó unos segundos antes de coger carrerilla en el bordillo, para viajar con los ojos cerrados hasta su habitación, coger una de sus pinturas y dibujar un monigote en forma de Daniel cerca de una de las tortugas de la pared.

Pequeños protagonistas de sus grandes historias.

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