Vértigo

Por enésima vez volvía a asomarse a la terraza del undécimo piso.

"No mirar atrás, ni tampoco abajo" - se repetía mientras tensaba la eslinga que le separaba del vacío.
Días atrás, en intentos anteriores, las caídas habían sido de lo más variopintas.

La que más dolió fue la segunda, duró casi ochocientos kilómetros.

Con el estómago del revés por los nervios, subió el banzo que separaba la realidad de lo imposible.

"Esta sí es la buena, esta sí" - pensaba.
Y así, paso a paso, centímetro a centímetro, fue dejando atrás el saco de miedos y de vértigos.
El viento soplaba a su espalda, haciendo volar las páginas más oscuras de su pequeña biografía.
Delante, apenas una ligera brisa, que mecía levemente el pensamiento y su andar.
Hacía unos cuántos metros que no existía el miedo.

Segura, con la pisada tan fuerte como la de un dinosaurio pero con la agilidad de una bailarina, hizo de la cuerda una amplia avenida.

Los vértigos desde ya, eran paseos.


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Kiko Rodriguez, "el funambulista"

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